Los manuales siempre son los libros que nadie lee – 1a. Parte

Poco se entiende cuando no se está enfermo.

Amalia Ortiz

Algunos críticos e intelectuales están de acuerdo en que en los años ochenta se cambia radicalmente la forma de producir arte en México. Nuestro país potenció en ese momento una serie de malestares económicos, sociales, políticos y culturales que se venían arrastrando hacía mucho tiempo y que a pesar de los recurrentes discursos oficiales en los sexenios posteriores no se ha siquiera paliado un poco.

Los acontecimientos que se presentaron como las constantes devaluaciones de la moneda nacional en el ‘82, en donde el peso pasó de 22 a 70 frente al dólar en tan sólo unos días, los terremotos del 85, el fraude electoral del ‘88 –no constante viviendo uno tan actual como el de éste 2012-, las explosiones en San Juan Ixhuatepec el 19 de noviembre de 1984, la visible migración del campo a la ciudad -que como consecuencia tuvo anillos de miseria y desempleo en las principales urbes- se presentaron como signos evidentes del fracaso modernizador del país. Paralelamente y como si fuera un vestigio más de la indudable falta de investigación científica en nuestro país, se apareció la pandemia del SIDA y los primeros casos que se vincularon  en ciertos sectores de la sociedad se extendieron notablemente.

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Desde la Revolución, México no había sufrido tantos descalabros tan severos y que afectaran a gran parte de la población de forma directa. Se experimentó un desencanto generalizado por la pérdida de lo que en años anteriores se había logrado de manera palpable con el llamado desarrollo estabilizador, sobre todo en las clases medio urbanizadas. Si, era una época bastante soluble. En los ochentas se aceleró el caos.

Para muchos, los terremotos crearon a una manera de organización social nunca vista –pero tal pareciera que sólo así la organización en nuestro país rinde frutos: ante el desastre, la ayuda, por qué no evitar eso en alguna década, quizá debamos dejarlo para otro debate-, al margen del gobierno y sus estructuras, la sociedad civil salió a las calles de entre los escombros para salvar vidas y reconstruir su patrimonio. La ineficacia de funcionarios y aparato estatal se reveló en unas cuantas horas. No se contuvo ni las devaluaciones ni la consciencia de que se necesitaba una restructuración urgente. Restructuración que parece nunca llegar a pesar de  la creencia a ciegas de que ésta se basa en la democracia.

Las generaciones que se formaron en esa década llevan en sus frentes la marca de la frustración del desarrollo del país. Y de ninguna forma se está haciendo menos a esa misma generación vinculada por lo menos en ideales propios y sensibilizados a la creación de nuevas formas de expresión. No, al contrario, ese tatuaje colectivo es lo que organiza las revoluciones artísticas. La deficiente educación a todos los niveles se pauperizó, el probable salto de una clase social a otra, que en otros momentos permitía la obtención de un título universitario se canceló, para tener como opción de supervivencia el tianguis del barrio, el taxi familiar o la migración al norte. Cómo olvidar a caso también las famosas “coladeritas” entre los vecinos de las colonias o el futbol llanero?

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Las prácticas sexuales tuvieron que desacelerar  el ritmo liberal que habían ganado de alguna manera. Surgieron colonias de migrantes que inventaron sus propios gustos, se apropiaron de otros o de plano calcaron con papel carbón reciclado el rock, el disco y lo punk.  Se generó un desasosiego generalizado que además de repercutir en el  bolsillo, creó una necesidad de plantearse nuevas formas de identidad colectiva, de sexualidad segura y de replanteamientos políticos.

Si a principio del siglo XX algunos intelectuales se plantearon  un proyecto de nación basado en la imagen indigenista o revolucionaria, después de 70 años ésta había caducado. El largo trecho que habían transitado las diversas formas artísticas que se orquestaban en las más de las veces desde la verticalidad del PRI y sus instituciones culturales como el INBA y el INAH estaban por tomar otros caminos.

Preguntarse sobre la pertinencia de resignificar el papel de la identidad nacional era para muchos artistas una vía para plantearse lo que querían ser y la imagen que deseaban proyectar desde la individualidad de sus presupuestos estéticos.  Al margen de los dictados oficiales y de los artistas que se cobijaban en ellos. Desde la segunda mitad de los años cincuenta cuando apareció en el horizonte artístico nacional una respuesta radical al Muralismo y la Escuela de Pintura Mexicana, las ideas sobre lo nacional se diversificaron y ampliaron su radio de acción, formas y presupuestos estéticos, políticos y sociales.

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Después del paradigmático ‘68 muchos artistas tomaron la decisión de trabajar en colectivos por convenir a sus estrategias artísticas y políticas., sin dejar de lado, la conciencia social que en ellos emanaba el poder actuar con el pueblo y para el pueblo, muchas de las manifestaciones artísticas de las cuales hoy son maestros.  Los grupos, así llamados autogestivos planteaban sus prácticas artísticas como nodos entre grupos sociales o como agentes críticos de la situación política de México y Latinoamérica. Otros artistas coquetearon con un conceptualismo importado, la mayoría de las veces, de los centros hegemónicos de producción cultural. Tampoco hay que olvidar que gran parte de la producción de imágenes artísticas que dominaban en los espacios oficiales devenían en ciertos modos de abstracción en sus muy diversas modalidades.

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A principios de los años ochenta aparecieron algunas maneras de representación figurativa que tenían características similares y que se fueron expandiendo en el trabajo de una serie de artistas, principalmente pintores jóvenes de diversas procedencias, que respondían de forma significativa a los avatares que les había tocado participar.

Es ahí cuando surge la denominación neomexicanismo, la cual proviene de una necesidad –y se convierte de manera pertinente en el formato estricto de plantear un nuevo método de interpretación o mejor dicho, muy convenientemente de autodenominarse como un grupo diferente al ámbito artístico planteado por el poder político-, por parte de algunos críticos, en la segunda mitad de los años ochenta de explicar de primera mano las imágenes, las formas y los temas de estos artistas  que estaban acercándose a un imaginario que representaba lo cotidiano del entorno familiar, de la escuela, de la iglesia, de lo patriota y de la memoria que se pretendía exaltaban otra imagen de lo colectivo nacional frente a los estereotipos y clichés ya asimilados.  Un imaginario que había estado al margen de las representaciones artísticas y de la mirada de los intelectuales.

A pesar de las críticas y de lo poco preciso el término ha servido para caracterizar a una serie de artistas que utilizaron estos recursos constantemente en su obra. Lo “Neo” aparece como una manera de continuación o revitalización de un proyecto anterior y sólo existe en la intención de abordar la historia de forma cíclica, abandonando otras concepciones  lineales. No existe ningún mexicanismo anterior, ni la utilización de esta iconografía y formas de apropiación segmentada de las narrativas visuales en el pasado cercano o lejano en nuestro país[1] y tal parece ser que el término ha tenido buena fortuna crítica y en catálogos, exposiciones, artículos, revistas y debates se utiliza de forma regular y si bien no define del todo el trabajo de la mayoría de los integrantes de este fenómeno, si aglutina algunos de sus fundamentos en torno a la representación y las mitologías propuestas que hoy se oficializan claramente.


[1] Tal pareciera que a las generaciones jóvenes, o poco les importa el impacto visual, o bien, espero que se encuentren en los círculos de crítica y apropiación mental del cual muchas veces calibramos nuestro entendimiento-entretenimiento de cultura y arte. Sin embargo, los movimientos actuales dado la situación política del país, han efectuado todo un proceso efímero de creación plástica para los acontecimientos de marchas o manifestaciones el cual casi siempre se vincula más con las frases hilarantes y tan bien pensadas de los que nos acordamos de la historia del país, de esto, también ha sido fundamental la participación y la inserción en las redes sociales.

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